Serendipity

Serendipity

Lo primero que quería hacer cuando me abrieron el espacio en este blog, era un pequeño perfil de don Alberto Mejía Botero. Pero, al comenzar a buscar sobre lo que pensaba iba a ser la maravillosa vida del hombre que fundó la primera agencia de publicidad en Colombia, me encontré con que uno, dos o tres blogs mencionaban lo mismo que una o dos tesis de grado: que, efectivamente, Mejía fundó en 1934 o 36 Comercio y Anuncio, y que tenía sede en el edificio Mariano Uribe de Medellín. Sin embargo, mientras la vida de Mejía se me derretía en las manos, como un M&M’s pirata, leía afirmaciones como que “la publicidad existe desde la antigüedad”- yo creo que existe desde antes: desde la edad de los Picapiedra- y me encontraba con imágenes de anuncios de los tiempos de don Alberto, que me cautivaron.

Me encontré sumergido entre los grabados, que hoy parecen sellos, en los que aparecía un niño que se toma con placer un “Mentholatum”(un delicioso jarabe inhalable para la tos…); esperé con urgencia al ver un anuncio de Cafiaspirina, que luego de esos puntos de exclamación me pedía: “¡No se precipite! ¡No se ofusque! (…)” pues mi salud estaba de por medio y no podía jugar con ella; también con la imagen de una mujer hermosa, con resaca, a la que los mismos de Bayer le decían: “Las preocupaciones de ayer y la falta de sueño de anoche han dejado marcadas huellas en su rostro”, como si la fiesta no hiciera más bellas a las mujeres; y otro de la Cervecería Unión, que como las piezas de Bayer (y otra de Pielroja), muestra que una de las preocupaciones más importantes de la época era la salud.

Pero no solo la salud preocupaba a los colombianos de las décadas de los 30 y los 40. El bolsillo era una de las principales causas de dolores de cabeza. Las marcas no podían darse el lujo de hacer promociones, pero sí advertían al cliente sobre el rendimiento y la calidad de sus productos. Otra era la de pagar los sueldos, y para eso el periódico El Colombiano se anunciaba a sí mismo como el espacio perfecto para que, después de que sus anunciantes vieran los resultados de la difusión de sus avisos, pudieran celebrar con un buen tabaco, una barriga y una caja fuerte llenas. Además, como Bayer y el Chocolate Cruz, El Colombiano también garantizaba su efectividad: “Un buen dibujo hace un buen clisé”. Sin duda, ¿o no se acuerdan del que dice que lo barato sale caro?

Después de todo, saber que Alberto Mejía Botero se  ha perdido en  la historia de la publicidad no fue tan grave. Descubrí que los anuncios  respondían con afán a una necesidad: la de hacer la oferta de los productos que ya no llegaban al país por el cierre del mercado gringo, que había entrado en la Gran Depresión de los 30 luego de la caída de la bolsa. Eso produjo que la publicidad en Colombia fuera una profesión con la cual se podía convencer a cualquier padre de que era posible tener un futuro y hacer familia. Las agencias comenzaban a abrirse como si fueran franquicias de Mc Donald’s. Los lectores de periódicos del barrio serían los primeros “voceadores”, leyendo cada anuncio con sus grabados en las primeras páginas de los periódicos; dentro y al final de ellos, se encontraban con maravillosos accidentes publicitarios. Porque tanto la historia como la buena publicidad son eso: pura serendipity.

 

 

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